Mi padre era un consumado hípico, especialmente cuando
estaba soltero, iba a ver las carreras de “pingos” Al Sporting-club en Viña del
Mar, donde encontramos unas tarjetas en nuestra casa, muy cariñosas, que le
mandaba mi madre y que le reprochaba ese vicio y después de estar casados
prosiguió esa misma crítica a la pésima
conducta que observaba mi progenitor, al
ser un empedernido carrerista, pero de repente, dejó ese vicio y al contrario ,
mi madre pasó a aficionarse a él, pasando a ser, una contumaz viciosa de “
las patas de los caballos”.